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22 consejos para educar en la cortesía

padresycolegios.comSábado, 1 de enero de 2022
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Por Javier Peris

 

No es la empatía, las buenas maneras o la urbanidad… y es un poco de todo. Se habla poco de ella, casi suena a antiguo… y sin embargo sigue siendo tan eficaz como siempre. Y además es una fuente de felicidad propia.

 

  1. Por qué ser cortés. Como ahora se le pone nombre a todo, se ha escrito sobre el llamado ‘síndrome del doctor House’: ¿por qué ser cortés si todo el mundo miente, mira por sí mismo y todo lo demás es hipocresía? Y lo malo es que, en parte, tiene razón. La clave está en ese ‘en parte’, los rincones de la mente y los sentimientos donde cada día, aunque no lo advirtamos, albergamos desinterés y generosidad. Ser cortés -como todas las virtudes sociales- ayuda y enriquece, en primer lugar, a quien lo es.

 

  1. Respeto y… De todos los conceptos que rodean a la cortesía quizá el respeto sea el más importante. Partimos de la base de que todo ser humano, por el hecho de serlo, tiene un valor. Los gestos y palabras de cortesía son una forma de decirle al otro que reconocemos ese valor y merece por eso un respeto. Pero hay algo más, que redondea este hábito hasta convertirlo en importante, necesario y conveniente para la vida diaria: el afecto.

 

  1. Sí, en el fondo de la cortesía tiene que haber un fondo de respeto, empatía, benevolencia… De lo contrario, acaba ejerciéndose de manera selectiva: solo con quien me cae bien, con quien puede ayudarme, con quien me paga… No deja de ser, es cierto, una manera adecuada de relacionarse con estas ‘personas de interés’, pero no es la cortesía que queremos para los hijos. En la infancia, cuando somos más trasparentes, es el momento de detectar las discriminaciones interesadas.

 

  1. Sano interés. La cortesía debe ser, claro está, gratuita pero, como dice el refranero, más moscas se cogen con un dedal de miel que con un tonel de hiel. La cortesía es tremendamente productiva. En el 90% de los casos predispone a los demás en tu favor (seguro que hay algún estudio que lo dice) y en los niños, en su relación con los mayores, esta eficacia debe ser del 100%. Porque los menores ejercen una cortesía muy especial y, por eso, reciben a cambio un trato aún más favorable. Que lo descubran cuanto antes.

 

  1. Misión casi imposible. Resulta casi imposible evitar que los hijos perciban la diferencia de trato entre los mayores, los comentarios a las espaldas que denotan en el mejor de los casos hipocresía, las faltas de respeto que expresan sobre personas conocidas y desconocidas… En otros temas podemos esconder nuestras faltas, pero nunca del todo en la relación con los ausentes.

 

  1. La cortesía, si no se ejercita, se diluye. Para eso están los hábitos de cortesía: la sonrisa, el apretón de manos, dejar pasar, dejar hablar… Son convenciones, claro, como casi todo; como ese beso de despedida a la pareja por las mañanas, o el rutinario guasap a media mañana. En la infancia la constante corrección de los padres resulta imprescindible para que los hijos interioricen esos hábitos.

 

  1. Y sin embargo cortés. ¿Cómo va a ser cortés mi hijo con lo serio que es? No importa si niños y adultos tenemos un carácter frío, o fuerte, desabrido, desconfiado, medroso… La cortesía no se identifica con el buen carácter o la simpatía natural. Más bien se aprovecha del carácter de cada cual: un gesto de cortesía en una persona introvertida o de aspecto arisco se agradece y valora mucho más que en alguien simpático. Y es perfectamente compatible.

 

  1. Un derecho. Si todos podemos y debemos ser corteses, igualmente todos pueden y deben ser beneficiarios de la cortesía, no importa su carácter ni sus defectos. Incluso aquellos que objetivamente nos han perjudicado, recibirán el trato justo mejor con cortesía que sin ella.

 

  1. Escuchar cuando se detectan las ganas de hablar del interlocutor; ese levísimo gesto de no-pasa-nada cuando el otro ha metido la pata; callarse esa chanza que podría molestar… El silencio es la cortesía en estado puro, el que con frecuencia nadie advierte y, por eso, constituye la mayor muestra de respeto y afecto. Solo quien te conoce bien y comparte contigo muchas horas puede reconocer el valor de tus silencios: los hijos.

 

  1. El síndrome de Wendy (la Campanilla de Peter Pan) es como se llama a la necesidad de satisfacer al otro. Esa disposición permanente a evitar disgustos y molestias a los que te rodean, a hacer favores no solicitados. En determinado grado se considera una patología, pero en su versión más inocua es una cualidad del carácter muy extendida, sobre todo en la infancia. Lo normal, y aconsejable, es que sea la propia experiencia -mala experiencia- la que modere el exceso de empatía.

 

  1. La sonrisa. Puede parecer que hemos esperado mucho para hablar de la sonrisa, la muestra más sencilla y directa de cortesía. No es un olvido. La sonrisa solo es exigible a quien por carácter tiene facilidad para ella, o al menos no le resulta muy difícil. La seriedad o gravedad, ya lo hemos dicho, es perfectamente compatible con ser cortés. Otros, por el contrario, deberían administrar sus sonrisas con menos liberalidad.

 

  1. Mujeres y niñas. ¿Qué hacemos con las mujeres? Delicado asunto para los padres varones más mayores, educados en una relación muy especial con las mujeres, a las que se considera -por causas muy variadas- merecedoras de un trato específico. Estos padres dudarán, con razón, si deben trasmitir a los hijos que las niñas y las mujeres deben ser objeto de un plus de cortesía. La respuesta la tiene cada padre y, haga lo que haga, hay que respetarlo.

 

  1. Palabras mágicas. Las aprendimos de pequeños y es nuestra obligación trasmitirlas a los más pequeños: gracias, por favor, muy amable, con permiso, pase usted… Las cortesías más valiosas son las que contienen el perdón: disculpe, lo siento, perdone… Estas son también las más difíciles, en ocasiones, para los adultos, predispuestos a encontrar siempre un motivo para no reconocer una falta, aun la más pequeña. Para los hijos, escuchar a sus padres expresarse así es un auténtico regalo.

 

  1. Encanto vacío. Podemos tener un hijo o una hija extremadamente amable, risueño, encantador y tan tierno que dan ganas de meterle en la paella. Hasta el punto de que, si le decimos que haga algo, su reacción ya nos llena de gozo mucho antes de que lo haga… o incluso si no lo hace. Como en la parábola de Jesús de Nazaret (el padre que envía a sus hijos a trabajar al campo) al final la buena disposición nada vale si no se cumple, si no se obedece. En el trato con menores con este carácter, es necesario aplicar un extra de firmeza. Aunque no es fácil.

 

  1. El lenguaje. Cuando estas sencillas frases se aprenden de pequeño, nunca se olvidan: evitar el ‘¿me entiende usted?’ cuando se puede usar el ‘no sé si me explico’; comenzar con un ‘si a usted no le parece mal’ aunque el otro nada tenga que decir al respecto; ‘quizá se me olvidó decirlo’ en lugar de ‘ha debido usted olvidarlo’… Hay quien piensa que estas expresiones transmiten debilidad y dependencia… Puede ser, pero la supuesta debilidad no depende de usar o no estas expresiones, ni omitirlas nos dará la seguridad que no sentimos.

 

  1. Más lenguaje. En España el lenguaje soez se ha generalizado tanto en los últimos años que el propio adjetivo solo se aplica en ocasiones muy extremas. Aun así, evitamos las palabras y expresiones malsonantes en entornos de poca confianza o más formales. Con eso bastaría si no fuera porque cuando peor hablamos más nos cuesta hablar mejor. Incluso hay ideas de uso cotidiano que ya solo sabemos expresar con una procacidad. Y si somos malhablados en el trabajo o entre amigos, en casa no podremos evitar serlo también.

 

  1. Muchos recordamos lo pesados que se ponían nuestros padres con eso de dar las gracias. Al contrario que el perdón, la gratitud es una es una de esas virtudes que siempre están bien vistas, uno de esos ‘valores’ a los que todos se apuntan. Como cortesía, dar las gracias nos predispone a ejercer una auténtica gratitud con las personas que la merecen, con Dios o con el simple hecho de poder apreciar el valor de la vida. Hagamos, por eso, lo mismo que nuestros padres: animar, obligar a dar las gracias por todo.

 

  1. Puntualidad. Ni una deslumbrante sonrisa y unos ojos de cachorrillo arrepentido puede convertir en cortés una falta de puntualidad. Se trata de una cortesía cada vez menos estimada por el simple hecho de que cada vez la practican menos personas: cuanto menos la ejercemos, menos sensibles somos a la impuntualidad. Además, la puntualidad apenas se nota, rara vez es apreciada. Por eso es una de las cortesías más desinteresadas.

 

  1. Aspecto externo. Evidentemente las cosas han cambiado mucho y, si las apariencias antes ya engañaban, ahora todavía más. Pero siguen existiendo entornos, ambientes que aprecian algunas formalidades, desde la vestimenta al registro idiomático. Al respeto por esas normas -por ese grupo- hay que añadir el aspecto práctico: ¿para qué distraer la atención sobre el aspecto externo cuando se trata de encontrar un trabajo, de integrarse en un grupo, de pedir cualquier tipo de ayuda?

 

  1. La higiene. Es verdad que en España nos duchamos con mucha más frecuencia que la media, pero la higiene va más allá de oler a jabón (eso es lo que más llama la atención en otros países). Es en la infancia y adolescencia cuando se adquieren los hábitos de higiene más básicos y necesarios. Y cuando tenemos cerca a las únicas personas que nos van a decir sin tapujos que nos huelen los pies. Después, ya no.

 

  1. En grupo. No hablar mal de la gente… más difícil aún: no contar cosas de terceros que no sean necesarias y, si se hace, cuidado con el tono. En estos tiempos de polarización, opiniones excluyentes y actitudes intolerantes, la cortesía ayuda al diálogo y al respeto. No hacer el vacío, estar pendientes de esas personas que en una situación concreta, o de manera permanente, tienden a ser ignorados en la conversación.

 

  1. Respuesta negativa. Somos corteses, empáticos, educados… y esa persona o personas solo nos devuelven frialdad, desconfianza, agresividad. Es para disgustarse, por supuesto, pero no para sorprenderse. Hay algunos tipos y tipas con los que es mejor no rozarse, por pura higiene mental y emocional. Por otra parte, no tenemos por qué caer bien a todos, incluidos muchos que son tan buenos como corteses.

 


 

Tres películas exquisitas

 

Emma

Esta versión de 1996 del clásico de Jane Austen descubre, para quien esté atento, que detrás de la moral victoriana había un sentido que justificaba -de acuerdo con los valores de la época- las estrictas normas de relación social, de lenguaje, de vestimenta… Algo que en cierto momento Emma (Gwyneth Paltrow) olvida, provocando una inolvidable bronca de su amigo el señor Knightley (Jeremy Northam).

My fair lady

Resulta paradójico que un tipo tan descortés y egoísta como el profesor Higgins (Rex Harrison) se encargue de enseñar a Eliza Doolittle (Audrey Hepburn) las armas de la cortesía social, empezando por el lenguaje. Armas que resultan abrumadoramente eficaces en esta adaptación musical pero muy fiel de la obra de George Bernard Shaw ‘Pigmalion’.

Lo que queda del día

No es una casualidad que las tres películas sean británicas (esta última coproducida) y sobre libros escritos por británicos, incluido el autor de ‘Lo que queda del día’ Kazuo Ishiguro. Entre Anthony Hopkins y Emma Thompson se encargan de mantener a flote un mundo que está naufragando, y no solo porque está a punto de estallar la II Guerra Mundial.

 

 

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